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Lunes, Diciembre 11, 2017
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La frase del día: 

"Solo el que sirve con amor sabe custodiar"
Papa Francisco

Conciencia y conveniencia

Autor: Juan Manuel DE PRADA, escritor

Para alguien que vive siempre entre palabras resulta fascinante estudiar su etimología; pero todavía más fascinante (y a menudo sobrecogedor) resulta comprobar cómo las palabras, una vez formadas, pueden evolucionar en su significado hasta llegar a designar cosas por completo distintas.

Un ejemplo llamativo y muy ilustrador lo constituye la palabra ‘conciencia’, que etimológicamente significa algo así como «ciencia o saber compartido»; es decir, un juicio interior que realizamos a partir de un conocimiento común de la realidad de las cosas. Todos seguimos usando esta palabra de forma habitual: decimos, para afirmar una decisión personal, que «hemos obrado en conciencia»; y cuando queremos afear la conducta de alguien, lo señalamos: «Allá tú y tu conciencia». Todas estas expresiones, al apelar a la conciencia, denotan que nos estamos refiriendo a una actitud o decisión que los demás puedan entender, pues aunque es un juicio interiorizado se funda en un «saber compartido». Y así ocurrió, en efecto, durante mucho tiempo.

Y ocurría porque considerábamos que bien y mal, verdad y error eran categorías que todos podíamos discernir. La conciencia podía definirse entonces como «el juicio de la razón práctica que dictamina el valor moral de los propios actos». Pero llegó un momento en que ocurrió lo que George Orwell nos cuenta en 1984: se hizo creer a las personas que «tanto el pasado como el mundo externo existen sólo en la mente»; y que la realidad de las cosas dependía de la idea que de ellas nos hiciésemos, porque era imposible conocer su verdadera naturaleza. De este modo, ya no se podía establecer dónde se halla la verdad y dónde el error. Al no existir una realidad objetiva, no podía haber «ciencia o saber compartido»; y la conciencia tenía que decidir a su libre arbitrio sobre el bien y sobre el mal. En un principio, ante la falta de esas realidades sobre las que existía un conocimiento común, la conciencia se identificó con la convención creada en determinadas circunstancias históricas o culturales.

«¿Adónde vas, Vicente? Al ruido de la gente». Era el estadio intermedio que prefiguraba la completa metamorfosis del significado de “conciencia”.

Ya que se nos había hecho creer que el mundo externo sólo existía en la mente, como señalaba Orwell, la conciencia dejó de seguir en sus juicios la costumbre o la convención aceptada en cada momento histórico, para recluirse en la pura subjetividad. E inevitablemente se convirtió en una expresión de sinceridad, de autenticidad, de ‘conformidad con uno mismo’. La conciencia pasó a ser, en definitiva, un “sentimiento individual”, una especie de mecanismo exculpatorio a través del cual justificamos el ejercicio de nuestra voluntad; una especie de “derecho a actuar según nuestra propia conveniencia”.

Así se llegó a una nueva definición de conciencia que es exactamente el antónimo de lo que antaño fue. Rousseau lo expresó mejor que nadie al afirmar que la conciencia «es al alma lo que el instinto es al cuerpo»: es decir, una suerte de automatismo que nos impulsa a hacer lo que nos conviene, aunque lo disfracemos de motivaciones altruistas (como también disfrazamos los impulsos de nuestro instinto de parecidas farfollas). Puesto que ya no existe el bien como categoría objetiva, el bien es la mera realización de nuestra voluntad individual; y toda realización de la voluntad individual se vuelve necesariamente buena. La conciencia se convierte así en el salvoconducto para el subjetivismo relativista más radical.

Pero este caramelito que nos permite obrar según nuestra conveniencia tenía que tener, inevitablemente, una contrapartida. Y tal contrapartida ha sido la más feroz y tiránica que uno imaginarse pueda. Puesto que la conciencia de cada ser humano va a emitir juicios egoístas según su conveniencia, puesto que es un ‘instinto’ que ya no se amolda a realidades externas objetivas, que ya no reconoce las categorías de bien y mal, verdad y error, se tienen que imponer leyes que impidan que la vida social degenere en un pandemónium de voluntades personales encontradas. Y tales leyes ya no estarán al servicio del bien y de la verdad, sino al servicio de quienes tienen el poder coercitivo para imponer su voluntad.

Así la conciencia, al convertirse en conveniencia, se rindió sin armas a un poder sin conciencia, sin saber compartido, que es puro ejercicio de la fuerza. En lo que se prueba que no se cambia el significado de las palabras impunemente.

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