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Papa Francisco

Amoris Laetitia, el Concilio de Elvira y la escolástica decadente

Autor: José DELGADO, sacerdote

He pasado los últimos meses realizando un estudio que me ha llevado a comparar las posturas de teólogos de varias épocas sobre un mismo tema. La doctrina que he considerado básica y mejor expuesta es, por supuesto, la del Doctor Angélico, que resuelve la cuestión de manera clara, basándose en unos principios fuertes y extrayendo las conclusiones más precisas. Se ha comparado su obra cumbre, la Suma de Teología, con una catedral gótica, sólida, bella y luminosa. Y esto es porque Santo Tomás busca la verdad confiando en la fe y en la razón, sin tratar de probar conclusiones preestablecidas, más allá de las certezas que da la luz divina revelada.

Cuando, sin embargo, se leen las obras de los teólogos a partir de esa fractura irreparable para la razón que fue el nominalismo, se nota que la luz ya no fluye con tanta limpieza. Y no porque autores de tendencia nominalista no pudieran también tener una vida personal de santidad, sino porque aquí el amor a la verdad ya no estaba por encima de todo, sino que se ponían por delante las escuelas teológicas, los intereses personales y prejuicios que lastraban el discurso teológico.

Así, uno de los argumentos más utilizados, sobre todo en las cuestiones difíciles, será un principio lógico que es totalmente razonable en sí mismo: «ab esse ad posse valet consequentia», es decir, del ser se concluye que algo puede ser. El principio se puede usar para resolver cuestiones partiendo de una base sólida que impida perderse en la especulación. Por ejemplo, hace siglos uno podría preguntarse si el hombre es capaz de construir una máquina voladora que lo pueda transportar de un sitio a otro; hoy esa pregunta es simplemente ridícula, porque del hecho de que existen los aviones se deduce, sin más, que tal cosa es posible. Sin embargo, este principio resulta abusivo cuando toda solución de una cuestión se reduce a hallar una excepción que permita llegar a la conclusión que de antemano se busca.

En el tema concreto de mi investigación actual, que tiene que ver con la necesidad de la fe para la salvación, cuando los autores escolásticos posteriores a Santo Tomás se enfrentan a esta pregunta, buscan muchas veces un caso concreto en el que, como por una rendija, puedan afirmar que un adulto se ha salvado sin la fe. Una vez establecido –eso creen ellos a veces– que eso es así, se debería extraer la conclusión evidente de que es posible salvarse sin la fe. Uno podría preguntarse de qué sirve hacer un malabarismo teológico extraño para demostrar un caso rarísimo, si ese caso tiene poca aplicación práctica ni resuelve ninguna situación general. La respuesta es que cuando el hombre se ha convencido de que algo es posible, aunque sea en un caso muy concreto y raro, es difícil que esa posibilidad no se generalice poco a poco hasta convertirse casi en una regla.

Sin ser un experto en la materia, me parece que ésta es una de las características de lo que se ha venido a llamar «escolástica decadente». Es un término que se suele emplear de manera enormemente imprecisa para designar casi cualquier tendencia teológica un poco demodé, a pesar de que el que lo usa generalmente no ha leído nada de esa escolástica. En realidad, esa tendencia que he descrito antes, me parece un mal propio del academicismo teológico que afectó a muchos autores de diversas tendencias, y algunos de ellos de gran brillantez (en el caso que estudio, fue víctima de ello el gran Francisco de Vitoria).

Leyendo algunas de las cosas que se dicen últimamente sobre la grave cuestión de la comunión de los adúlteros impenitentes (sí, de eso va el tema una vez más), no he podido dejar de notar un cierto regusto de «escolasticismo decadente» en la mayoría de los autores que tratan de justificar una lectura de la Amoris Laetitia en la que se pudiera señalar esa rendija que permitiera lo que, a todas luces, es imposible. Se empeñan, muchos de ellos, en razonar no desde los principios generales para avanzar, con la firmeza que exige el método teológico, hacia las sutilezas y los casos particulares, sino que concatenan una serie de «y si», tratando de encontrar el caso más raro que salve la validez de la interpretación «malteso-bonaerense», aparentemente sancionada por la máxima autoridad en la Iglesia.

La última vuelta de tuerca la he leído hoy, en un artículo escrito por José Antonio Ullate y publicado por Alfa y Omega en su número del 26 de enero de 2017. Lleva por título «Amoris laetitia y el canon noveno del Concilio de Elvira». El argumento principal que sostiene Ullate es que en dicho canon se autorizaría la comunión sacramental en caso de «necessitas infirmitatis» de una mujer que, habiendo dejado a su marido adúltero, se hubiera unido con otro. Pongo «necessitas infirmitatis» («necesidad de enfermedad», literalmente) sin traducir porque ahí está el meollo del asunto, en precisar qué significan. El sentido común llevaría a suponer que esa necesidad de la que habla sería en el caso de una enfermedad. Es decir, la práctica habitual en la Iglesia de facilitar todo lo posible la recepción de los auxilios necesarios para la salvación en caso de peligro de muerte, lo cual no implica descartar el arrepentimiento y propósito de la enmienda necesarios para la remisión de los pecados. Sin embargo, la interpretación de Ullate es que en este caso «infirmitas» estaría tomado en el sentido de la palabra que se puede traducir como «endeblez, debilidad o, literalmente, falta de firmeza». En ese caso, concluye Ullate, el concilio de Elvira, que data del siglo IV y que no ha tenido reproche alguno a este respecto en la historia de la Iglesia, estaría presentando una excepción semejante a la que alude Amoris laetitia en la ya celebérrima nota 351. Cierra la exposición recordando el principio lógico que hemos señalado al inicio, que él cita como «si algo ha sido, su misma existencia es prueba de que es posible».

He de reconocer que el argumento es contundente, siempre dentro de esta lógica de la «escolástica decadente» de buscar la rendija sobre la que poner la palanca para hacer saltar la doctrina de la Iglesia, pero, como suele pasar con aquellos viejos autores nominalistas, es fácil descubrir los puntos flacos de la argumentación. He aquí el de la de Ullate. Como hemos dicho, la base del asunto es precisar qué quiere decir el concilio con esa «infirmitas». Ullate afirma que cuando en otros cánones se alude al peligro de muerte, las expresiones suelen hablar de «el fin», algo que no se da en este canon 9. Sin embargo, no tenía más que mirar en los cinco cánones de este concilio que recoge el Denzinger (como llamamos los teólogos a la recopilación de textos magisteriales hecha por dicho autor), cómo uno de ellos emplea exactamente la misma palabra y en qué sentido lo hace. El canon 38 dice así:

Can. 38. En caso de navegación a un lugar lejano o si no hubiere cerca una Iglesia, el fiel que conserva íntegro el bautismo y no es bígamo, puede bautizar a un catecúmeno en necesidad de enfermedad (necessitate infirmitatis), de modo que, si sobreviviera, lo conduzca al obispo, a fin de que por la imposición de sus manos pueda ser perfeccionado.

Como se puede ver, la expresión es exactamente la misma que la usada en el canon 9, pero aquí resulta mucho más claro su sentido, que no tiene nada que ver con la debilidad moral con la que se quiere justificar la comunión de un adúltero que no se arrepiente. Además, el canon 9 dice: «forte necessitas infirmitatis dare compulerit», es decir «quizá la necesidad de enfermedad forzare a dársela». Ullate indica que el uso de «compulerit» señalaría una cierta obligación, pero habría que añadir que «forte» («quizá») da bastante inseguridad al caso extremo al que se refiere.

El principio lógico «ab esse ad posse valet consequentia» tiene un correlato, que sería «a posse ad esse non valet consequentia», es decir, de que algo pueda ser no se concluye que sea. Si se aplica este principio a la argumentación de Ullate, habría que decir que, del hecho de que pudiera ser que la interpretación del canon 9 fuera la que él propone, y yo lo dudo muchísimo, no se sigue que de hecho esa sea la interpretación, como él parece concluir. Más bien estaríamos ante un testimonio que prueba lo contrario: que la Iglesia ha tenido siempre claro que el adulterio y la falta de arrepentimiento impiden acercarse a la comunión sacramental y que tal vez por enfermedad (añado yo, por experiencia pastoral, cuando ya no parece que haya voluntad, precisamente por la misma enfermedad, de que se vayan a dar entre los adúlteros los actos propios de los esposos) y si hubiera graves razones para ello, podría plantearse la posibilidad de prosigan su convivencia y puedan comulgar.

Entiendo que en el debate teológico se pueden proponer hipótesis, incluso corriendo el riesgo de errar o de necesitar una mayor precisión en las explicaciones, pero me parece que ahondar en este tipo de reflexiones, que tratan de buscar la excepción que permita cuestionar la doctrina milenaria de la Iglesia, no nos puede llevar a nada bueno. El mejor antídoto para esta decadencia e impulso para alcanzar la claridad que es precisa para poder iluminar las almas es, como ha recomendado la Iglesia hasta la saciedad, acudir a Santo Tomás y dejar que nos enseñe a recibir la luz divina que, llegando a nosotros a través de las jerarquías angélicas y eclesiales mediante el don de la fe, nos muestre «cuál es la voluntad de Dios, qué es lo bueno, lo que le agrada, lo perfecto» (Rom 12,2); y a no dejarnos «arrastrar por doctrinas complicadas y extrañas» (Heb 13,9).

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