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Domingo, Septiembre 15, 2019
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San Pedro Canisio

Es tendencia general pensar en Alemania cuando se piensa en "la Reforma". Allí nació y creció el auténtico cáncer del cristianismo, una enfermedad cuyo daño no ha decrecido y que resulta un auténtico escándalo. Son conocidos los nombres de los principales líderes del movimiento, tanto alemanes, Lutero y  Melanchthoncomo franceses, Calvino o suizos, Zwinglio. Pero los nombres de los alemanes o suizos fieles a la Iglesia de Jesucristo, ¿nos vienen a la mente con la misma facilidad?

Peter Kanis un joven de carácter irritable, pendenciero, vanidoso y terco nació en 1521, en Nimega de Holanda, que dependía entonces de la arquidiócesis alemana de Colonia. Era el hijo mayor de noble Jacobo Kanis. A los diecinueve años obtuvo el grado de Maestro en Artes, en Colonia. Por complacer a su padre, Pedro estudió algunos meses el derecho canónico en Lovaina; pero, al caer en la cuenta de que ésa no era su verdadera vocación, hizo voto de castidad y volvió a Colonia a enseñar teología. La Providencia le juntó en Maguncia (Mainz) con el jesuíta Pedro Fabro en el verano de 1543. No debió suponerse el jesuíta que con sus Ejercicios espirituales iba a conquistarse para la naciente Compañía de Jesús a aquel joven alegre y vanidoso. La verdad es que en esos Ejercicios se decidió su vocación a santo y su ingreso en la Compañía. Desde entonces su nombre de Kanis se cambiará a Canisio.

 

Entró en el noviciado y pasó varios años en Colonia, consagrado a la oración, al estudio, a visitar a los enfermos y a instruir a los ignorantes. El dinero que recibió como herencia a la muerte de su padre lo dedicó en parte a los pobres y en parte al mantenimiento de la comunidad. Fue el octavo jesuita en hacer los votos solemnes. En 1546 fue ordenado sacerdote. De carácter batallador, muy pronto se le ofreció ocasión de poner a prueba su celo religioso cuando los católicos de Colonia se pronunciaron contra su obispo caído en la herejía. Las varias actuaciones del Santo, comisionado por la Universidad y por el clero de la ciudad, tuvieron como remate la deposición del obispo apóstata. Muy pronto pasó al concilio de Trento como teólogo de Otón de Truchsess, cardenal de Augsburgo. Allí formó, con los españoles Laínez y Salmerón, el magnífico triunvirato de la Compañía en el Concilio. Desde Roma se interesaba Ignacio de Loyola por tener a su lado a este su primer discípulo alemán. Fue enviado a Mesina a enseñar en la primera escuela de los jesuitas de la que la historia guarda memoria, pero al poco tiempo volvió a Roma a hacer su profesión religiosa en 1549 y a desempeñar un cargo más importante. 

Recibió la orden de volver a Alemania, pues había sido elegido para ir a Ingolstadt con otros dos jesuitas, ya que el duque Guillermo de Baviera había pedido urgentemente algunos profesores capaces de contrarrestar las doctrinas heréticas que invadían las escuelas. No sólo tuvo éxito Canisio en la reforma de la Universidad, de la que fue nombrado primero rector y luego vicecanciller, sino que, con sus sermones, consiguió la renovación religiosa, en la que también colaboró con su catequesis y su campaña contra la venta de libros inmorales. Dicen que muy grande fue la pena general cuando el santo partió a Viena, en 1552, a petición del Rey Fernando, para emprender una tarea semejante. La situación en Viena era peor que en Ingolstadt. Muchas parroquias carecían de atención espiritual, y los jesuitas tenían que llenar las lagunas y enseñar en el colegio recientemente fundado. En los últimos veinte años no había habido una sola ordenación sacerdotal; los monasterios estaban abandonados y las gentes se burlaban de los miembros de las órdenes religiosas.

Poco a poco, fue ganándose el cariño del pueblo por la generosidad con que atendió a los enfermos y agonizantes durante una epidemia. La energía y espíritu de empresa del santo eran extraordinarios; se ocupaba de todo y de todos, lo mismo de la enseñanza en la universidad, que de visitar en las cárceles a los criminales más abandonados. El Rey, el nuncio y el mismo Papa hubiesen querido nombrarle arzobispo de la sede vacante de Viena, pero San Ignacio sólo permitió que administrase la diócesis durante un año, sin el título ni los emolumentos de arzobispo. Era ésta su norma, la que más tarde, en 1557, daba por escrito a un amigo suyo: "Lo que todo el mundo ama y busca es la moderación unida a la gravedad del lenguaje y a la fuerza de los argumentos. Abramos los ojos a los descarriados, pero sin causarles irritación". Su recomendación a los sacerdotes: "no hieran, no humillen, pero defiendan la religión con toda su alma".

El nombramiento de provincial de todas las casas de la Compañía en Alemania vino a darle una categoría que repercutió beneficiosamente en su obra. En el transcurso de estos años florecen los colegios de Ingolstadt, Praga, Munich, Insbruck, Tréveris, Maguncia, Dillingen y Espira. Además de los colegios que fundó o inauguró, dispuso la fundación de muchos otros.  En 1559, a instancias del rey Fernando, fue a residir a Augsburgo durante seis años.  Ahí reavivó una vez más la llama de la fe, alentando a los fieles, tendiendo la mano a los caídos y convirtiendo a muchos herejes.  Además, convenció a las autoridades para que abriesen de nuevo las escuelas públicas, que habían sido destruidas por los protestantes. Al mismo tiempo que hacía todo lo posible por impedir la divulgación de los libros inmorales y heréticos, divulgaba en cuanto podía los libros buenos, ya que comprendía, por intuición, como aumentaba la importancia de la prensa.

Canisio continuó su obra mientras desempeñaba el cargo de capellán de la corte en Innsbruck y sólo la interrumpió en 1577, a causa de su mala salud.  Sin embargo, seguía tan activo como siempre, pues predicaba, daba misiones, acompañaba al provincial en sus visitas y aun desempeñó, durante algún tiempo, el puesto de viceprovincial. En 1580 se hallaba en Dilinga, cuando recibió la orden de ir a Friburgo de Suiza.  Dicha ciudad, que se hallaba situada entre dos regiones muy protestantes, quería que se fundase desde hacía mucho tiempo un colegio católico, pero, además de otros obstáculos que oponían a la empresa, carecía de fondos suficientes para realizarla. En pocos años venció San Pedro Canisio esos obstáculos y consiguió dinero, eligió el sitio y supervisó la erección del espléndido colegio que es en la actualidad la Universidad de Friburgo, aunque nunca fue rector ni profesor en él. Además del interés con que seguía los progresos del colegio, su principal actividad, durante los ocho años que pasó en Friburgo, fue la predicación; los domingos y días de fiesta predicaba en la catedral y, entre semana, visitaba los pueblos del cantón.  Se puede afirmar sin temor a equivocarse, que a San Pedro Canisio se debe el que Friburgo haya conservado la fe en una época tan crítica.

Depués de haber rezado el Santo Rosario con varios jesuitas en Friburgo, el 21 de diciembre de 1597, de pronto exclamó lleno de alegría y emoción: "Mírenla, ahí está.  Ahí está".  Y murió.  Era la Virgen Santísima que había llegado a llevárselo para el cielo.

 

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