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Sábado, Marzo 25, 2017
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La frase del día: 

"Solo el que sirve con amor sabe custodiar"
Papa Francisco

Dijo Dios haya luz y hubo luz

Autor: Antonio FERNÁNDEZ BENAYAS, físico

Los sofisticados ingenios mecánicos en las funciones de ver y analizar, seguidos de complicados y, no pocas veces, enrevesados cálculos matemáticos, han ayudado a presentar la hipótesis de que el átomo es un complejo mundo de materia y energía, a modo de minúsculo sistema planetario al que también afectan las leyes de la gravitación universal.
Desde hace algunos años, en los campos de investigación sobre la base física del todo material de que se supone está compuesto el Universo, se habla de los quarks (mínimas porciones de “algo”) como partículas constitutivas de los bariones y mesones, entendiendo por barión al denominador común de los protones, neutrones e hiperones y por mesón un elemento a medio camino entre la materia y la pura energía (lo que los científicos llaman un bosón que facilita la interacción entre las diversas partículas subatómicas).
En ciertos apuntes teóricos sobre el tema se sugería la existencia de partículas sin masa, algo así como “porciones de energía” con la “facultad” de inventar o prestar masa a las más elementales entidades materiales. Al respecto y sí que preocupados por no perdernos en un laberinto de sugestivas formulaciones, podemos recordar a la llamada “teoría de las supercuerdas” que sugiere la existencia de hasta once dimensiones que apuntalarían la viabilidad de todas las leyes físicas que rigen la existencia y funcionalidad del Universo y, como muy sugerente, un paralelismo absoluto entre las leyes físicas de lo “infinitamente” pequeño y lo “infinitamente” grande (es decir el Universo o Totalidad Física de imponderables dimensiones). Leyes que habrían de regir el movimiento y función de “algo” pendiente de descubrir.
Fue en 1964 cuando Peter Higgs, que hoy cuenta 83 años, expuso al mundo de la ciencia una idea que prometía llevar al descubrimiento de ese algo como punto de partida de la realidad material: las partículas elementales se mueven no en el vacío sino en lo que los antiguos llamaban éter y que él presentó como un campo pleno de “bosones” o elementos con la virtualidad de destruir y asignar masa a las otras ya conocidas o adivinadas partículas subatómicas. Se llamó “Campo de Higgs” a ese supuesto mar de inconmensurable actividad y “Bosón de Higgs” al supuesto subatómico proveedor de las porciones de masa necesarias para la viabilidad funcional del mundo de las partículas elementales.
Para comprobar la concordancia de la teoría con la realidad había que contar con elementos de observación experimental desconocidos hasta la fecha; fue así como nació el Gran Colisionador de Hadrones (LHC del inglés Large Hadron Collider) la máquina que, tras años de paciente y escrupulosa investigación, ha facilitado lo que, desde el día cuatro de este mes de julio, el mundo científico no duda en calificar como el “descubrimiento del siglo”: el Bosón de Higgs existe más allá de cualquier duda razonable y cumple la función que supuso su mentor.
Según ponderados científicos, ello significa que conocemos el 4% de la estructura del Universo, lo que quiere decir que la Ciencia se ve impotente para explicar el cómo y el para qué del 96% restante, incluido el misterio de la vida además del qué y el para qué del alma humana con el consecuente don de la libertad. Claro que tal parcial descubrimiento, a lo sumo, nos lleva al momento en el que, según el Libro Sagrado, “dijo Dios haya luz y hubo luz” (Gen 1, 3).
Luego de admitir que el redactor sagrado no era ni podía ser un científico del siglo XXI y sí una persona de buena voluntad que, para creer, admitía sus limitaciones y escuchaba la voz de Dios o de su conciencia para luego apuntalar su fe con una razonada reflexión, los no materialistas vemos en el fenómeno descrito por ese redactor del Libro al momento inicial de la necesaria conexión del espacio, el movimiento y el tiempo para dar paso a la materialidad universal.
Desde la perspectiva de la ciencia moderna ¿estuvo en la luz el germen o principio físico de todo lo material que había de venir a posteriori? El propio Einstein no se atrevió a pronunciarse categóricamente sobre ello: lo más lejos que llegó al respecto fue aceptar a la luz como formada por “granos” de energía-materia llamados fotones, especie de quantos o partículas elementales sin masa apreciable... con un origen absolutamente misterioso. Pero, el que en los fotones no se pueda apreciar o medir la masa ¿es prueba de que realmente no exista, máxime cuando se admite el carácter corpuscular de un haz de luz? En el orden de los principios físicos es razonable admitir que la luz, compuesta por fotones, en razón de un plan o proyecto, “urdido en la eternidad” y con millones de siglos por delante, puede facilitar la formación de lo que los físicos llaman protones, los mismos elementos que, en complejísimas asociaciones, forman los átomos, los cuales, en nuevos planos de también muy compleja asociación, formarán las moléculas, que seguirán la progresiva escala de las realidades materiales siempre en el orden que evidencia esa fantástica conexión entre espacio, movimiento y tiempo.
Pudo desarrollarse así el proceso o de otra forma: por el momento, a la Ciencia le resulta imposible tanto adentrarse en el misterio de la raíz esencial de las cosas (la misma que dio o pudo dar paso a ese “Bosón de Higgs”) como presentar aceptables explicaciones del papel que nosotros mismos desempeñamos en lo que, a todas luces, hemos de calificar como un fantástico orden universal. Es el mismo Einstein quien dejó dicho: “la experiencia más hermosa que tenemos a nuestro alcance es el misterio... la certeza de que existe algo que no podemos alcanzar”.
Es así cómo, desde el Haya luz y en razón de lo que va descubriendo la Ciencia, faltan argumentos para contradecir la creencia de que el Supremo Hacedor proyectó, creó y puso en marcha un universo de realidades físicas según el lógico orden de inmensidades que se agrupan y complementan en un todo regido por leyes de interrelación y destino hasta llegar al Hombre, elevado sobre todas las realidades físico-materiales por el “soplo divino” que le faculta para amar en libertad y así corresponder en la medida de sus fuerzas al infinito Amor de su Creador. Esa correspondencia no puede expresarse de mejor manera que en el desarrollo de nuestras personales capacidades al servicio del prójimo.

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