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Cardenal Müller: Quieren silenciar a Benedicto XVI

El Cardenal Gerhard Müller, Prefecto emérito de la Congregación para la Doctrina de la Fe, ha manifestado su satisfacción por el artículo «La Iglesia y el escándalo de los abusos sexuales» de Benedicto XVI, y ha criticado a quienes han pedido que el papa emérito calle.

Ricardo Cascioli ha entrevistado al cardenal Muller para La Nuovo Bussola Quotidiana.

Eminencia, ¿cómo calificaría la publicación del artículo de Benedicto XVI a propósito de los abusos sexuales?

La contribución de Benedicto XVI es muy importante en esta hora que está viviendo la Iglesia porque tenemos una gran crisis de credibilidad, y es nuestro deber ir a las raíces o a los inicios de esta crisis, que no cayó del cielo. Hasta ahora sólo hemos hablado sobre el clericalismo, un concepto muy nebuloso, una forma de no abordar las verdaderas causas de la crisis, que tiene una larga historia que comienza en la Iglesia con la revolución sexual de los años ‘60 y con la crisis contemporánea de la teología moral al negar la existencia de los actos intrínsecamente malos. Se ha empezado a sostener que algunas acciones son pecado grave o delito solamente bajo ciertas condiciones, que todo depende de la situación. Pero esto no es más que una auto justificación del pecado.

El Papa Benedicto tiene una larga memoria sobre lo que sucedió en la Iglesia y tiene una gran capacidad de análisis teológico. Es muy sorprendente que a sus 92 años tiene esta lucidez para analizar la situación, mucho mejor que otros que levantan sus voces.

Una primera objeción que se ha hecho se relaciona con el origen del escándalo de la pedofilia remontándose al ' 68 y la revolución sexual. Se afirma que los casos empezaron bien antes del ' 68.

Es una objeción inconsistente. Es obvio que en todos los tiempos ha habido problemas como este, pero aquí la diferencia está en el pasaje de algunos casos aislados a un fenómeno generalizado. Basta con mirar los datos. En los años 60, paralelamente con lo que sucedía en el mundo, en la iglesia había una caída de la línea moral, la ética, la espiritualidad del sacerdocio. Sobre todo, se creó una confusión en la frontera entre el bien y el mal, sobre lo prohibido y lo lícito. Ha tenido lugar una desviación de la conciencia. Cuando uno está formado correctamente, sabe que esto es pecado, eso no es pecado. La conciencia respeta estas reglas internas, pero si hay teólogos morales que empiezan a confundir, a decir que esto no es un pecado, que todo el mundo tiene el derecho de vivir su sexualidad, entonces después nos encontremos estas consecuencias. Si uno sabe claramente lo que es lícito y lo que no lo es, tiene más fuerza interior para resistir la tentación.

En este sentido, Benedicto XVI recuerda la encíclica Veritatis Splendor (1993) como respuesta de San Juan Pablo II a esta deriva de la teología moral. Suena como una indicación también para hoy, ya que la ética de la situación, de la casuística, parece triunfar.

El juicio «caso por caso» pretende ser una línea de la pastoral, pero la pastoral debe tener un fundamento. Se piensa que al evitar decir las cosas claramente se puede evitar alejar a la gente de la Iglesia, pero es totalmente falso reemplazar los cimientos de la moralidad humana con una regla de pastoral presunta e indefinida. Y la Iglesia, especialmente los obispos y el Papa, tiene la obligación por parte de Dios de predicar la verdad, incluso la verdad moral. Este es el único camino.

Hoy en día esta falta de claridad se advierte sobre todo cuando se habla de la homosexualidad y la ideología de género.

Es cierto, una cosa es cuidar de las personas que tienen tendencias homosexuales, y otra es respaldar la falsa antropología de género. En esto, incluso públicamente, hay que ser muy claro, no se pueden dar señales falsas. La Iglesia católica no puede aceptar la ideología de género, de ninguna manera, porque esto va en contra de la naturaleza, contra la voluntad de Dios, contra el bien de la familia, contra el bien de las personas individuales, del hombre y de la mujer, de los niños. La Iglesia debe ser muy clara, no debe temer a la prensa internacional y a las organizaciones que quieran introducir esta falsa antropología que destruirá a toda la humanidad.

A propósito de los casos de pedofilia entre los sacerdotes, el Papa Benedicto XVI recuerda que en un cierto punto la competencia pasó de la congregación para el clero, que no era adecuada, a la Congregación para la Doctrina de la Fe. ¿Puede explicarnos este pasaje?

Después del Concilio, prevaleció una línea blanda, se dijo que no debíamos ser demasiado legalistas, como lo fue en los días del judaísmo. Estamos en los tiempos del Evangelio, dijimos, debemos aceptar a los hombres y no centrarnos en los límites y las cosas para prohibir sino preocuparnos por vivir la gracia del Evangelio. Pero esta línea suave no funciona con la naturaleza humana. La naturaleza humana es débil, necesita la ayuda de la gracia, pero también de una disciplina personal y eclesial. Por eso la Congregación para el Clero no fue la adecuada para evaluar los casos de abuso sexual por parte de los sacerdotes, por lo que la tarea pasó a Doctrina de la fe, que es el Tribunal Supremo apostólico para las causas contra la fe.

Respecto de este tema, en su escrito Benedicto XVI insiste mucho en el hecho de que no debemos pensar sólo en las garantías para los abusadores, sino también en proteger la fe. ¿Qué significa eso exactamente?

Los actos de pedofilia no son sólo crímenes sexuales, sino también crímenes contra la fe. Porque muchas víctimas sufren en su relación con Dios. El sacerdote no es un funcionario del sistema, el sacerdote es el representante de Jesús buen pastor que dio su vida, y todos los fieles-especialmente los menores- tienen el derecho fundamental de conocer a un sacerdote que lo atestigua y sea una persona de gran confianza. La credibilidad de la Iglesia y del representante de Jesucristo es la puerta a través de la cual entra la fe teológica, la fe como virtud, la fe como unión con Jesús. Por eso estamos hablando de crímenes contra la fe. Incluso en el momento en que yo estaba en la Doctrina de la Fe había algunos que no querían entender, que decían que la Congregación era demasiado rígida, que debíamos respetar los derechos de los que delinquen. Es cierto que también hay acusaciones falsas, pero cuando las acusaciones son verdaderas debemos tomar medidas drásticas contra los perpetradores. No se puede decir «abusaron de un niño, pero tenemos misericordia de estos delincuentes»; No vale el argumento de que así pierden el sacerdocio, que nosotros los sacerdotes tenemos el carácter indeleble y es un castigo cuando uno ya no puede celebrar una Misa. Claramente es un dolor, pero es un castigo justo. En estos casos el sacerdote es responsable de los actos contra la vida y contra la dignidad humana: no es sólo un pecado – todos somos pecadores – sino que cuando se trata de un crimen contra Dios y contra los hombres, uno no puede continuar yendo al altar como el representante de Jesúcristo. En esa actitud existe también una falsa idea de misericordia. Por supuesto que hay perdón para aquellos que hacen penitencia, pero este perdón no puede significar que un sacerdote culpable de pedofilia pueda continuar como si no hubiese pasado nada. Las víctimas sufren toda su vida por lo que han sufrido, algunos ya no serán capaces de casarse, todavía tienen muchas dificultades profundas en sus vidas, y todo esto provocado por un siervo de Dios, por un apóstol. Estoy totalmente en contra de esta falsa misericordia. La misericordia de Dios es un cambio en la vida, que también implica aceptar un castigo apropiado para el crimen hecho con el fin de reconciliarse. No se debe minimizar esa culpa, el daño que ha hecho un hombre de Dios

Benedicto XVI señala que, sin embargo, incluso en la Congregación para la Doctrina de la fe, los tiempos de los procesos han sido demasiado largos.

Es una lentitud que ciertamente no se debe al personal de la Congregación para la Doctrina de la fe, que siempre ha trabajado duramente en estos casos. Pero las causas son muchas y el personal insuficiente. También hay que tener en cuenta que los procesos comienzan en las diócesis. En todo caso, durante mi mandato hubo un compromiso de aumentar el personal por lo menos a tres unidades. Pero sin razón aparente, en 2017, incluso se despidió a cuatro personas calificadas. No puedes pedirle a la Congregación que trabaje más y más rápido y luego reducir el personal.

Muchos han visto en el artículo de Ratzinger también una respuesta a las famosas Dubia de los cuatro cardenales (Caffarra, Meisner, Burke, Brandmuller), que pidieron confirmaciones sobre la validez de los actos intrínsecamente malos, a propósito de Amoris Laetitia.

No sé cuáles eran las intenciones, pero es absolutamente claro que hay actos que son malvados en sí mismos, que nunca pueden ser buenos o justificados. Me parece incomprensible la posición de ciertos teólogos cuando consideran el bien en la acción inicua. Esto de hacer depender el juicio de las circunstancias, siempre está a favor del delincuente, no tiene en cuenta todos los factores. Si una persona inocente es asesinada, ¿cuál puede ser el aspecto bueno para mí que soy la víctima del crimen? Esta argumentación se hace sólo desde la perspectiva del delincuente. No sé de ningún caso en el que un crimen sea bueno para la víctima. Así es para el adulterio: el compañero que debe sufrir, que debe someterse al adulterio, que es traicionado, ¿dónde debería ver el bien? Es absurdo argumentar que hay acciones contra los mandamientos de Dios que, en algunas circunstancias, son legítimas.

Hubo críticas venenosas contra Benedicto XVI, acusado de romper el silencio. Incluso hay quienes citaron el directorio para los obispos (Apostolorum Successores) donde prohíbe a los obispos eméritos interferir en el liderazgo de la Iglesia y socavar con sus intervenciones el Magisterio del obispo regente.

Estas personas son la prueba más evidente de la mundanización de la Iglesia: no tienen ni idea de cuál es la misión de los obispos. Por supuesto, los obispos eméritos deben permanecer fuera del gobierno diario de la Iglesia, pero cuando se trata de la doctrina, la moral y la fe, están obligados a hablar de la ley divina. Los obispos no son funcionarios de la policía criminal que una vez retirado ya no puede tomar medidas contra los delincuentes; un obispo es obispo para siempre. Cristo dio la autoridad al obispo para ser el siervo de la palabra, para dar testimonio. Todos ellos prometieron en la consagración Episcopal defender el depositum fidei. El obispo y el gran teólogo Ratzinger no sólo tiene el derecho, sino también el deber de derecho divino de hablar y dar testimonio de la verdad revelada.

Desafortunadamente tenemos muchas personas en la Iglesia que no conocen el alfabeto de la teología católica. Hablan como políticos, como periodistas, sin las categorías de la Sagrada Escritura, de la tradición apostólica, del Magisterio de la Iglesia. ¿Cómo se puede decir que el Papa emérito no tiene derecho a hablar de la crisis fundamental de la Iglesia? Incluso tenemos el escándalo de un ateo como Eugenio Scalfari que puede con impunidad afirmar sus interpretaciones de lo que el Papa le dice en reuniones privadas, que es tratado como intérprete autorizado del Papa, y en cambio una figura como Ratzinger debería estar callado? Pero, ¿dónde estamos? Estos idiotas hablan por todas partes pero no conocen la Iglesia, sólo quieren gustarle a la gente. Los apóstoles Pedro y Pablo, los fundadores de la Iglesia romana, dieron su vida por la verdad. Pedro y Pablo no dijeron «ahora hay otros sucesores, Timoteo y Tito, dejémoslos hablar a ellos públicamente.» Dieron testimonio hasta el final de la vida, hasta el martirio, con sangre.

Un obispo emérito, cuando celebra una Misa, en la homilía no debe decir la verdad? ¿No debería hablarse de la indisolubilidad del matrimonio sólo porque otros obispos activos han introducido nuevas reglas que no están en consonancia con la ley divina? Más bien son los obispos activos que no tienen el poder de cambiar el derecho divino en la Iglesia. No tienen ningún derecho a decir a un sacerdote que tiene que dar comunión a una persona que no está en plena comunión con la Iglesia católica. Nadie puede cambiar esta ley divina, y si uno lo hace es un hereje, es un cismático.

Hoy estas extrañas ideas están de moda, por lo cual la autoridad eclesiástica se concibe como una autoridad positivista para que aquellos que tienen el poder puedan definir la fe como ellos quieren. Y los otros tienen que callarse. Sería mejor que fueran aquellos, que saben muy poco de teología, que se callen. Primero que estudien.

Miremos adónde han llevado a la Iglesia, por ejemplo en Alemania, estos grandes modernistas que también tenemos entre algunos profesores. Cada año, 200.000 personas abandonan la Iglesia católica en Alemania. Los protestantes llegan a 300.000, estos son los verdaderos problemas. No hacen nada sobre esto, sólo hablan de la homosexualidad, de cómo cambiar la moral sexual, del celibato: estos son sus temas, por lo que la Iglesia está siendo destruida. Y dicen que esta es la modernización: no es la modernización, esto es la mundanización de la Iglesia.

¿Qué consecuencias se esperan de la publicación de este artículo de Benedicto XVI?

Espero que algunos finalmente comiencen a abordar el problema de los abusos sexuales de una manera clara y correcta. El clericalismo es una respuesta falsa.

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