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Cardenal Sarah: La Iglesia vive el Viernes Santo, cuando los apóstoles abandonaron a Cristo

El cardenal Sarah ha concedido una entrevista sobre su último libro a Laurent Dandrieu, de Valeurs Actuelles, y que ha sido traducido al español por Elena Faccia-Serrano para Infovaticana. El purpurado africano analiza la situación de la Iglesia y critica a quienes dentro de ella se pliegan a los deseos del mundo.

Le soir approche et déjà le jour baisse (Ya está cayendo la tarde y se termina el día), es el nuevo libro de entrevistas del cardenal Robert Sarah con Nicolas Diat. Laurent Dandrieu entrevista al Prefecto de la Congregación para el Culto Divino y la Disciplina de los Sacramentos:

- ¿Por qué ha elegido usted un título tan sombrío, con el riesgo de atemorizar al lector?

- Este libro es, ante todo, un llamamiento a la lucidez y a la clarividencia. La Iglesia atraviesa una gran crisis. Los vientos son extrañamente violentos. Raros son los días sin escándalos, reales o imaginarios. Los fieles, legítimamente, se hacen preguntas. Este libro para ellos. Deseo que, tras leerlo, puedan sentirse llenos de la alegría que Cristo da: «Quédate con nosotros, ya está cayendo la tarde y se termina el día» (Lc 24, 29, ndt).

- La elección de este versículo sacado del Evangelio de los peregrinos de Emaús, ¿es una manera de indicar que, en la Iglesia, Cristo no es el centro?

- Creo firmemente que la situación que vivimos en el seno de la Iglesia se parece en todo a la del Viernes Santo, cuando los apóstoles abandonaron a Cristo, cuando Judas le traicionó, porque el traidor quería un Cristo preocupado por los asuntos políticos. Hoy en día, numerosos sacerdotes y obispos están literalmente hechizados por los asuntos políticos o sociales. En realidad, estas cuestiones nunca encontrarán respuesta fuera de la enseñanza de Cristo, que es la que nos hace más solidarios, más fraternales. Mientras Cristo no sea para nosotros como un hermano mayor, el primogénito de una multitud de hermanos, la caridad no será sólida, ni habrá una verdadera alteridad. Cristo es la única luz del mundo. ¿Cómo podría la Iglesia darle la espalda a esta luz?

Ciertamente, es importante ser sensible ante las personas que sufren. Pienso, en especial, en los hombres que abandonan su país. Pero, ¿por qué se alejan de su tierra? Porque poderosos sin fe, que han perdido a Dios, para los que sólo cuentan el poder y el dinero, han desestabilizado sus naciones. Estas dificultades son enormes. Pero, repito, la Iglesia tiene, ante todo, que volver a dar a los hombres la capacidad de mirar a Cristo: «Y cuando yo sea levantado de la tierra, atraeré a todos hacia mí». Este libro quiere intentar volver a dar a la Iglesia el sentido de su gran misión divina.

- Usted llega incluso a denunciar a «los pastores que abandonan a su rebaño…»

- Esto no es propio sólo de nuestro tiempo: en el Antiguo Testamento hay muchos pastores malos, hombres a los que les gustaba aprovecharse de la carne y la lana de sus rebaños ¡sin ocuparse de ellos! Siempre ha habido traiciones en la Iglesia. Hoy en día no tengo miedo de afirmar que hay sacerdotes, obispos e incluso cardenales que tienen miedo de proclamar lo que Dios enseña y de transmitir la doctrina de la Iglesia. Tienen miedo de no ser aceptados, de ser considerados unos reaccionarios. Entonces afirman cosas confusas, vagas, imprecisas con el fin de no ser criticados, y se alían con la evolución estúpida del mundo. Es una traición: si el pastor no guía a su rebaño a aguas mansas, hacia los pastos de yerba fresca de los que habla el salmo, si no lo protege contra los lobos, es un pastor criminal que está abandonando a su grey. Jesús dice: «Heriré al pastor y se dispersarán las ovejas del rebaño». Es lo que pasa actualmente.

- ¿No tienen algunos la tentación de alinear a la Iglesia con los valores del mundo?

- Existe una fuerte mayoría de sacerdotes que son fieles a su misión de enseñanza, santificación y gobierno. Perohay también un pequeño número que cede a la tentación enfermiza y perversa de alinear a la Iglesia con los valores de las sociedades occidentales actuales. Quieren, ante todo, que se diga de la Iglesia que es abierta, acogedora, atenta y moderna. La Iglesia no está hecha para escuchar, está hecha para enseñar: ella es mater et magistra, madre y educadora. Ciertamente, una madre escucha a su hijo, pero su papel, primero, es el de enseñar, orientar y dirigir, porque conoce mejor que sus hijos la dirección que hay que tomar. Algunos han adoptado las ideologías del mundo actual con el pretexto falaz de abrirse al mundo; sería necesario, más bien, hacer que el mundo se abriera a Dios, fuente de nuestra existencia.

No podemos sacrificar la doctrina a una pastoral que quedaría reducida a una porción mínima de la misericordia: Dios es misericordioso, pero sólo en la medida en que reconozcamos que somos pecadores. Para que Dios pueda ejercer su misericordia, hay que volver a Él, como el hijo pródigo. Hay una tendencia perversa que consiste en falsear la pastoral, oponerla a la doctrina y presentar a un Dios misericordioso que no exige nada. ¡Pero no existe un padre que no exija nada a sus hijos! Dios, como todo buen padre, es exigente, porque ambiciona grandes cosas para nosotros.

-La Iglesia suele tener la costumbre de culpar al ambiente materialista por la desafección de sus fieles. ¿No debería cuestionarse también ella su parte de culpa en el alejamiento de los mismos, en su participación en esta desacralización?

- Estoy convencido de que los sacerdotes deben asumirse la responsabilidad principal de este derrumbe de la fe. En los seminarios o en las universidades católicas no siempre hemos enseñado la doctrina. ¡Hemos enseñado lo que nos gustaba! Ya no se dan clases de catecismo a los niños. Se menosprecia la confesión. En los años 70 y 80 sobre todo, los sacerdotes hacían lo que querían cuando celebraban la misa. El Papa Benedicto XVI dijo que la crisis de la liturgia ha provocado la crisis de la Iglesia. Lex orandi, lex credendi: como rezamos, así creemos. Si ya no hay fe, la liturgia se reduce a un espectáculo, a un folclore, y los fieles se van. Hemos querido humanizar la misa, hacerla comprensible, pero la realidad es que sigue siendo un misterio que está más allá de nuestra comprensión. Cuando celebro la misa, cuando doy la absolución, capto el significado de las palabras que pronuncio, pero la inteligencia no puede comprender el misterio que esas palabras producen. Si no rendimos justicia a este gran misterio, no podremos guiar al pueblo hacia una relación verdadera con Dios.

- ¿Qué piensa usted del libro Sodoma? ¿Cree que estamos asistiendo a una ofensiva generalizada contra la figura del sacerdote, objeto de escándalo para una sociedad hipersexualizada?

- No he leído el libro.Pero creo que hay un proyecto especialmente estructurado de destrucción de la Iglesia mediante la decapitación de su cabeza, los cardenales, los obispos y los sacerdotes. Nos empeñamos en destruir el sacerdocio y, sobre todo, el celibato, que es presentado como algo imposible y contra natura: porque si destruimos el celibato, dañamos sin remedio una de las riquezas más grandes de la Iglesia. El abandono del celibato agravaría aún más la crisis de la Iglesia y reduciría la posición del sacerdote, llamado no sólo a ser otro Cristo, sino Cristo mismo, pobre, humilde y célibe.

Hay una voluntad de debilitar a la Iglesia, de modificar su enseñanza sobre la sexualidad. Pero cuando vemos la enorme cantidad de sacerdotes fieles al sacerdocio, debemos permanecer serenos y seguir testimoniando el don total a Dios por medio del celibato. Este testimonio no se entiende. ¿Lo detestan? Tampoco Jesucristo fue aceptado, porque murió en la cruz. Él nos dijo: «Si a mí me han perseguido, también os perseguirán a vosotros».

Hay hombres en la Iglesia, algunos en altos niveles de la jerarquía, que han empañado la Iglesia, han desfigurado el rostro de Cristo, pero Judas no debe llevarnos a rechazar a todos los apóstoles. Estos graves fallos no condenan a la Iglesia; al contrario, demuestran que Dios confía incluso en personas débiles para demostrar el poder de su amor por nosotros.No confía su Iglesia a héroes excepcionales, sino a hombres sencillos, para demostrar que es Él el que actúa por medio de ellos.

-¿Qué piensa de la condena del cardenal Barbarin?

- Le conozco desde hace tiempo. Le admiro mucho. No puedo no sufrir por el martirio que le han impuesto, sobre todo porque estoy convencido de su inocencia. Toda la Iglesia lleva este sufrimiento de manera colegial. El Papa ha tenido verdaderamente razón tomando la decisión de no aceptar su dimisión para respetar la presunción de inocencia a la espera del juicio de apelación. Y el cardenal Barbarin ha sido valiente retirándose a un monasterio, por el bien de la diócesis y para dar paz a las víctimas de estos actos abominables. Pero me quedé estupefacto cuando condenaran a monseñor Barbarin, mientras que un sacerdote horrible, que ha cometido estos incalificables crímenes, aún no ha sido juzgado…

-Usted escribe que el mundo moderno impone una forma de barbarie atacando a las identidades. Usted, al contrario, defiende el arraigo…

- Cuando estuve en Polonia [en octubre de 2017, ndr], país criticado a menudo, animé a los fieles a afirmar su identidad como han venido haciendo a lo largo de los siglos. Mi mensaje fue simple: ante todo sois polacos, católicos y, sólo después, europeos. No debéis sacrificar la dos primeras identidades en el altar de una Europa tecnócrata y apátrida. La Comisión de Bruselas sólo piensa en la construcción de un mercado libre al servicio de los grandes poderes financieros. La Unión europea ya no protege a los pueblos, sólo protege a los bancos. Quise afirmar de nuevo a Polonia su misión singular en el plan de Dios. Ella es libre de decirle a Europa que cada uno ha sido creado por Dios para ser situado en un lugar preciso, con su cultura, sus tradiciones y su historia. Esta voluntad actual de globalizar al mundo suprimiendo a las naciones, las especificidades, es una locura total. El pueblo judío tuvo que exiliarse, pero Dios lo condujo de nuevo a su país. Cristo tuvo que huir de Herodes y refugiarse en Egipto, pero volvió a su país cuando Herodes murió. Cada uno de nosotros debe vivir en su país. Como un árbol, cada uno tiene su terreno, su ambiente donde crece perfectamente. Más vale ayudar a las personas a crecer en su cultura que animarlas a venir a una Europa en plena decadencia. Es una falsa exégesis utilizar la Palabra de Dios para valorizar la migración. Dios nunca ha querido estos desarraigos.

- ¿Cómo se puede explicar que tantas voces en la Iglesia condenen a los países que intentan contener el flujo migratorio?

- ¿Los dirigentes que hablan como yo son hoy en día una minoría? No lo creo. Existen muchos países que van en esta dirección, lo que debería hacernos reflexionar. Todos los inmigrantes que llegan a Europa están hacinados, no tienen trabajo, ni dignidad… ¿Es esto lo que quiere la Iglesia? La Iglesia no puede colaborar en esta nueva forma de esclavitud en que se ha convertido la migración de masa. Si Occidente continúa por este funesto camino, hay un gran riesgo de que, debido a la falta de natalidad, desaparezca, invadido por los extranjeros, como Roma fue invadida por los bárbaros. Hablo como africano. Mi país [Guinea, ndr] es mayoritariamente musulmán, creo saber de qué realidad estoy hablando.

- Algunas personas dentro de la Iglesia parecen conformarse con poner una cruz sobre Europa. En cambio, usted escribe que la paganización de Europa llevaría a la paganización del mundo…

- Dios no cambia de opinión. Dios ha dado una misión a Europa, que acogió al cristianismo. Y los misioneros europeos han proclamado a Cristo hasta los confines de la tierra. Y no fue una casualidad, era el plan de Dios. Esta misión universal que Él le dio a Europa cuando Pedro y Pablo vinieron a instalarse en Roma, a partir de la cual la Iglesia ha evangelizado a Europa y al mundo, no ha terminado. Pero si nosotros le ponemos una fecha límite hundiéndonos en el materialismo, el olvido de Dios y la apostasía, entonces las consecuencias serán graves. Si Europa desaparece, y con ella los valores inestimables del viejo continente, el islam invadirá el mundo y nuestra cultura, nuestra antropología y nuestra visión moral cambiarán totalmente.

- Usted, a pesar de que mucha gente considera su pontificado como un fracaso, cita mucho a Benedicto XVI. ¿Cuáles son, en su opinión, sus frutos?

- Dios ha visto que el mundo se hundía en una confusión funesta. Ve que cada día que pasa perdemos nuestra identidad, nuestras creencias, nuestra visión del hombre y del mundo… Para prepararnos a esta situación, Dios nos ha dado unos papas sólidos: nos dio a Pablo VI, que defendió la vida y el amor verdadero con la encíclica Humanae Vitae, a pesar de una fuerte oposición; nos dio a Juan Pablo II, que trabajó en el matrimonio de la fe y la razón para que fueran la luz que guía nuestro mundo hacia una visión verdadera del hombre -el propio camino del Papa polaco fue un evangelio vivo-; y nos ha dado a Benedicto XVI, que instituyó una enseñanza de una claridad, una profundidad y una precisión que no tienen igual. Hoy nos ha dado a Francisco, que quiere salvar literalmente el humanismo cristiano. Dios nunca abandona a su Iglesia.

- En su discurso a la juventud católica, usted cita esta hermosa frase del poeta británico T.S. Eliot: «En el mundo de los fugitivos, el que toma la dirección opuesta será considerado un desertor». ¿Están dispuestos los jóvenes creyentes a resistir?

- Todos nosotros debemos resistir, todos debemos tomar la dirección opuesta al mundo secularizado, es decir, el camino de Cristo, el único salvador del mundo. En la novela de Hemingway El viejo y el mar, vemos al héroe intentando remolcar a puerto un gran pez que acaba de pescar. Cuando consigue llegar, los tiburones se han comido al pez. Hoy, si estamos solos, hay muchos tiburones que devorarán nuestra fe, nuestros valores cristianos, nuestra esperanza. Por desgracia. Para mantenernos firmes, nos tenemos que apoyar mutuamente en la fe, caminar como una comunidad unida alrededor de Cristo: «Porque donde dos o tres estén reunidos en mi nombre, allí estoy yo en medio de ellos». Es de esta presencia de la que podemos sacar nuestra fuerza.

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