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El mundo ideal de Henry Complaintkovick

Autor: Antonio GUTIÉRREZ, sacerdote FM

Henry Complaintkovick se había hecho el hombre más rico del mundo. Era un hombre íntegro, inteligentísimo, bien educado, de buen corazón, pero bastante excéntrico, extremadamente excéntrico, diría yo; lo tenía todo, pero vivía insatisfecho. Su apellido le iba como anillo al dedo, pues describía muy bien su personalidad: se quejaba constantemente de todo, siempre le encontraba cinco patas al gato, casi todo le fastidiaba y casi nada llenaba su expectativas.

Quizá por eso siempre hacía cosas muy fuera de lo común, como tener en su propia mansión habitaciones que simularan los distintos climas sobre la faz de la tierra. Así, cuando quería pasar calor podía ir a la “Habitación del Sahara”; si quería frío extremo se iba a la “Habitación Antártida”; si quería clima tropical muy húmedo tenía una habitación llamada “Panamá” -le puso así, porque la humedad en ese país es terrible. Tenía el defecto o el don de fijarse en todo y de notarlo todo. La cantidad de empleados que tenía a su servicio reflejaban la extravagancia de su carácter. Tenía uno casi para cada cosa: uno que le amarraba los cordones de los zapatos, porque sólo ese sabía cómo amarrárselos como le gustaba; otro que le hacía solamente la ensalada para la cena; otro que le peinaba… El último empleado que había contratado se encargaba de pulir sus zapatos todos los días, pues no podía ya vivir si se daba cuenta de alguna mancha en ellos. Todo esto reflejaba su concepción de la felicidad, la cual identificaba con el perfeccionismo. Detrás de la excentricidad de Mr. Complaintkovick se ocultaba la esperanza de encontrar algún día la felicidad o el mundo ideal, como a él le gustaba llamarle.

Un día su secretario que le conocía muy bien, llegó con una gran noticia. “Mr. Complaintkovick -dijo el secretario entusiasmado- un grupo de científicos ha encontrado la manera de viajar en el tiempo y aseguran que se puede viajar adondequiera, incluso a los lugares y a tiempos nunca jamás conocidos ¡Ahora sí que podrá encontrar el mundo perfecto que tanto anhela!”. Y es que en ese tiempo se creía en la existencia de mundos y formas de vida distintos fuera del sistema solar. Mr. Complaintkovick le miró con cierta incredulidad, pues no estaba convencido del todo. Sin embargo, no era tan descabellado pensar que fuera posible viajar en el tiempo, pues ya para el año 2357 la ciencia estaba sumamente avanzada, y pensó ilusionado: “¿Y si de verdad puedo encontrar ese mundo maravilloso que tanto deseo?”. Entonces, después de pensarlo bien decidió apostar por el proyecto y dijo a su secretario: “Habla inmediatamente con ellos y diles que tienen todo mi apoyo”. Los científicos no tardaron en ponerse a trabajar, y empezaron a construir la máquina del tiempo en la propia mansión de Mr. Complaintkovick.

Mientras tanto, Mr. Complaintkovick imaginaba cómo sería su mundo perfecto. Y desde entonces, parecía otra persona. Cosas esenciales para él ya no las tomaba en consideración, o las pasaba desapercibidas. En cambio, cosas impensables en él, como sonreír, salían con tal naturalidad que parecía que era lo normal en él.

Después de un largo tiempo, llegó el momento esperado. Ya todo estaba preparado. Sólo faltaba que Henry Complaintkovick entrase en la máquina del tiempo y viajara al paraíso. Los científicos marcaron las coordenadas del destino: h-a-c-i-a - e-l - m-u-n-d-o - i-d-e-a-l, y pusieron la máquina en marcha. Al cabo de unos minutos, uno de los científicos abrió de nuevo la puerta de la máquina y se encontró con que Mr. Complaintkovick ya no estaba.

Henry Complaintkovick se encontró en un lugar oscuro. Pensó que nada había funcionado. Pero la sensación de algo suave y viscoso debajo de sus zapatos, el mal olor y la humedad del lugar, le hizo caer en la cuenta de que estaba no en la máquina del tiempo, sino en una cueva donde se guardan animales. Mr. Complaintkovick no lo podía creer. Todo lo que había hecho para terminar en un lugar todo lleno de estiércol… Obviamente, no pensaba quedarse ahí toda la vida. Inmediatamente comenzó a buscar la salida. Tanteando entre rocas se movía lentamente. De repente, vio una luz. Y pensó: “¿Será que me habré muerto? ¿Es esa la luz que uno ve en el tránsito de la muerte?”. Pero no tardó en darse cuenta que era la luz que manaba de una fogata. “Uf, qué alivio…”, pensó. Saliendo de la cueva, se encontró con una joven pareja. La muchacha estaba con su bebé en los brazos. Se acercó a ellos para hacerles algunas preguntas, pero no le escuchaban. Les hacía señas, ruido, y ellos no notaban su presencia. Era como si no existiera. Mr. Complaintkovick se sentía desolado. Se sentó y se quedó contemplando a la joven familia. Le llamó muchísimo la atención la forma cómo la joven muchacha contemplaba a su pequeño bebé. Su sonrisa destilaba gozo, alegría, dulzura…, y su mirada serenidad, paz, esperanza, ternura, amor… Henry Complaintkovick se preguntaba cómo era posible que esta joven pareja en medio de los malos olores y lo horroroso que era el lugar, podían estar tan serenos, tan contentos, tan felices. La presencia de esa familia llenaba el lugar de tal manera que lo era horroroso y maloliente pasaba a un segundo lugar. Henry ya no quería marcharse. Se sentía bien allí. Y se dio cuenta que lo que le hacía sentirse así era el amor, el amor que ellos, la joven pareja y su niño, se tenían, y con el que hacían de un lugar tan feo un mundo perfecto. Henry pensó entre suspiros: “Si al menos pudiera conocer el nombre de estas personas…”

De repente se escuchó un alboroto. Entre el vocerío se distinguía a alguien gritar exultante de gozo: “¡Ahí está! ¡Lo hemos encontrado! ¡El Mesías, el Salvador, el Dios con nosotros! ¡Bendito Dios!”. Mr. Complaintkovick estaba confundido. No entendía qué pasaba. La algarabía se hacía cada vez más fuerte en la medida en que se acercaba la turba. Al cabo de un rato, entró en la cueva un gran número de pastores con sus familias. Se presentaron a la joven pareja y empezaron a hablar sobre una aparición de un ángel del Señor que les había dicho que encontrarían al Mesías envuelto en pañales y recostado en un pesebre, y que ese bebé “es el Redentor prometido que nos trae la salvación, el Paraíso perdido, el perdón de los pecados,….”. Contagiado por el alborozo, a Henry Complaintkovick le crecía desde dentro de sus entrañas unas ganas enormes de ver, y si fuese posible, tocar la fuente de semejante júbilo. Pero no se atrevía. Tenía temor.

Mientras se decidía, todos alcanzaron a despedirse de la joven pareja y del bebé. Cada una de las familias les iba dejando un pequeño regalo. “Adiós, María. Aquí les dejo un caldo de gallina. Les hará bien para el frío”, decía una de la mujeres. “Adiós, José. Te dejo mi burro y unos sacos. Así tendrás cómo llevar todo lo que les han regalado”, le dijo uno de los pastores. Uno de los jóvenes se acercó al bebé, se arrodilló, cogió uno de sus piececitos, lo besó y le dijo: “Adiós, mi Señor. Gracias, Jesús”. Luego, dirigiéndose a María, le dijo: “Este abrigo de lana me lo regaló mi abuela cuando era bebé. Está limpio y en muy buen estado. Le podrá servir para unos cuantos meses”. El gozo entre los pastores y sus familias creció todavía más, no tanto por haber visto al Mesías, que ya era una enorme dicha, sino por el hecho de haber podido hacer algo por Él y sus padres.

Mr. Complaintkovick no cabía en sí del asombro de ver tanta felicidad en esa gente: eran pobres, pero felices; eran pobres, pero llenos de amor, llenos de agradecimiento.

Por fin, después de pensarlo casi una hora Mr. Complaintkovick decidió arriesgarlo todo y ver al Niño Jesús. Se acercó a María, se asomó sobre su hombro y en ese mismo instante el bebé abrió sus ojitos, le miró y le sonrió. Henry no lo podía creer, el Niño sí que lo podía ver. Henry, lleno de gozo y con lágrimas en los ojos, dijo en voz alta: “!Existo! ¡Para Él sí existo! ¡Oh, gracias, Señor!”. En ese momento todo empezó a nublarse. Henry Complaintkovick no podía ver e intentó agarrarse de algo, pero todo lo que tocaba se desvanecía, hasta que quedó en absoluta oscuridad.

Henry se halló nuevamente en la máquina del tiempo. Mr. Complaintkovick volvió a su realidad, pero ya no triste realidad. Había descubierto al Dios amor y que debía amar a Aquel que le había devuelto la vida, la esperanza, la alegría. Desde aquél momento, un 25 de diciembre de 2357, Henry Complaintkovick dedicó su vida a honrar a Jesucristo construyendo iglesias y ayudando a los pobres con su fortuna. Y cada 25 de diciembre, tendría en su jardín un precioso e inmenso Belén para nunca olvidar el amor que había recibido y que debía dar. Fue así como Henry Complaintkovick se convirtió en el hombre más feliz del mundo.

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