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Jueves, Noviembre 23, 2017
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La muerte de la memoria

Autor: Fernando CHICA, observador permanente de la Santa Sede ante la FAO, el FIDA y el PMA

Al concluir el Jubileo de la Misericordia, el Santo Padre instituyó la Jornada Mundial de los Pobres, que se celebrará en toda la Iglesia en 2017, el domingo 19 de noviembre. Para ilustrar dicha iniciativa, Su Santidad firmó el pasado 13 de junio un esclarecedor mensaje con el que desea contrarrestar una mentalidad imperante, que desdeña a los desfavorecidos y los arrincona, llegando incluso hasta ignorarlos.

En efecto, hoy día, entre las mayores tragedias del ser humano está la pérdida de la memoria o su llamativo debilitamiento. Es cierto que la misma estructura de la mente humana requiere dejar cosas en el olvido y comenzar de nuevo muchas veces, pero actualmente nos encontramos con un fenómeno distinto. Consiste en la voluntaria capacidad de ignorar a los pobres, de desechar lo que no renta o lo que desafía el imperioso afán de éxito de una cultura embriagada por el narcisismo. En ese proceso de desterrar sistemáticamente lo que no interesa se ubican, por ejemplo, nuestras grandes ciudades, en las cuales, si bien conviven geográficamente, se olvidan los denominados «cinturones de miseria», donde se hacinan los marginados en esas periferias invariablemente silenciadas, porque pocos las aceptan ni aprovecha hablar de ellas, puesto que son un interrogante molesto, que se alza retador ante la incapacidad de elaborar una respuesta digna. Y eso que a menudo acontece en nuestra cercanía, ocurre igualmente en el mundo como un todo. Hay países que no cuentan ni descuellan, que muchos no saben ni siquiera dónde están. No avanzan, pues se ven lastrados por el fardo de la pobreza extrema, de prolongados conflictos armados o del abyecto destrozo y expolio de sus recursos naturales. Resultan incluso irritantes para una humanidad que se jacta de la sofisticación de la Estación Espacial Internacional, que orbita a 400 kilómetros de la Tierra, o que con soberbia aplaude el envío de una sonda a Saturno o cuando realiza un sorprendente descubrimiento en Marte, mien

 

tras pertinazmente pone trabas a decisiones que consentirían terminar de una vez por todas con flagelos tan penosos como el hambre en el mundo. A intensificar la habilidad que tenemos de olvidar contribuye, en buena medida, el esfuerzo de fijar la memoria en lo agradable y estético, efectuando un trabajo semántico que lleva a privilegiar conceptos como «calidad de vi

de remedios para superar las enfermedades, en tanto que incontables seres humanos vienen siendo cercenados por ausencia de vacunas, epidemias devastadoras, violencia desmedida o aguda desnutrición. Hemos alcanzado grandes logros con las tecnologías sin tomar responsabilidad significativa en generar y distribuir alimentos suficientes para millones de personas que nunca conocerán el pan partido y compartido o la serena alegría de vivir. Y como eso no se ha conseguido, como no se ven perspectivas a corto plazo, pasamos rápidamente página. Escondemos la cabeza bajo tierra con la falsa ilusión de pensar que solo existe lo que aceptamos mirar y que lo que no aparece en los medios de comunicación no tiene valor ni ha de preocuparnos. Quedan, eso sí, los interrogantes. En el fondo, la especie humana sabe que no puede tapar el sol con la mano. Por muchas victorias que nos hayan dado la ciencia o los extraordinarios avances técnicos, hay sufrimientos que se levantan implacablemente contra nosotros. Tienen rostro de mujeres abandonadas, de encarcelados, desempleados, enfermos... Sus gritos desgarradores continúan escuchándose. Brotan de la impotencia, la amargura y un largo rosario de calamidades más, muchas de las cuales están causadas tristemente por manos humanas. Algún día habremos de dar razones de los fracasos generados por tanta injusticia no atajada, por la inequidad reinante, por la connivencia demoledora del hambre atroz con el indiscriminado desperdicio de alimentos. Mientras tanto, hay quienes optan por mirar hacia otra parte ante los menesterosos y los desposeídos. Muchos de ellos forman parte de esa lista interminable de desplazados forzosos, exiliados o refugiados. En este sentido, no pocos se resisten a aceptar que las migraciones de hoy con frecuencia tienen su origen en los olvidos de la opulencia de ayer, que hizo caso omiso de sus obligaciones con el mundo que entonces le permitió efímeras veleidades y grandezas. Preterir a los pobres o volverse impermeables ante ellos, ocultar a los desvalidos o pasar de largo ante los que el progreso dejó rezagados en la cuneta de la vida, por desgracia, sigue siendo práctica habitual. Anestesiamos la conciencia obturando nuestros oídos ante el clamor de los crucificados de este mundo, engañándonos con estadísticas manipuladas, soterrando datos escandalosos o esquivando a los que son víctimas

da» a costa del de «cantidad de vida»; o la tendencia a enmascarar sibilinamente con eufemismos fatídicas soluciones para aniquilar la vida humana que se considera inútil e improductiva; o, lo que es peor, el fomento de las guerras y la industria a ellas ligada, amparándose en consensos espurios o razonamientos discutibles. La historia pedirá cuentas a nuestra civilización. ¿Qué argumentos esgrimiremos ante las nuevas generaciones para explicar que siga habiendo hoy niños que fallecen por no tener nada que llevarse a la boca o bajo la crueldad de enfrentamientos bélicos fratricidas? ¿Qué motivaciones les daremos ante la voluntad de soslayar o minimizar determinados dramas humanos? Es cuanto menos paradójica la existencia de una lógica perversa que los demoniza, los entierra bajo la fría capa del individualismo o se aleja de ellos atraídos por el poderoso imán del consumismo. En la hora presente conviven el siglo XXI con el siglo XX, con restos del siglo XIX y con huellas profundas de las peores épocas de la ignorancia. Es doloroso pertenecer a una sociedad con minorías selectas que disfrutan de todo tipo de la explotación, sin pensar que en la historia de la humanidad se comprueba siempre que los hechos son tozudos. Gracias a Dios, hay instituciones y personas que han hecho del servicio a la paz, a la solidaridad y a la justicia su forma de vida. Son los que altruistamente dedican tiempo y dinero a curar las llagas purulentas de tantos Lázaros como hoy yacen a la puerta de impasibles Epulones. Son los que, sin pronunciar palabras vanas, con su conducta nos muestran por lo que merece la pena vivir, servir y morir. Son los buenos samaritanos que ven el sufrimiento de los pobres, oyen el llanto de los oprimidos y los socorren de forma eficaz, a la par que dignifican a todo el género humano por su limpieza de corazón y altura de miras. Ha llegado la hora de dejarse interpelar por ellos. Forman el gran ejército de quienes militan bajo la bandera de los derechos humanos para todos, combatiendo con las necesarias armas de la fortaleza, la honradez y la paciencia contra las fuerzas del mal que hostigan a los hijos de Dios. Constituyen el mejor despertador para las memorias, los entendimientos y las voluntades, tanto de la comunidad internacional como de cada ser humano. Nos están invitando con su ejemplo a cambiar el rumbo. Y solo lo cambiaremos si sentimos la necesidad de hacerlo, si reconocemos que «necesitamos un cambio». A este respecto, el Sumo Pontífice, en su viaje a Bolivia, formuló unas preguntas que pueden servirnos de acicate: «¿Reconocemos, en serio, que las cosas no andan bien en un mundo donde hay tantos campesinos sin tierra, tantas familias sin techo, tantos trabajadores sin derechos, tantas personas heridas en su dignidad? […]. ¿Podemos reconocerlo? Porque no se trata de esas cuestiones aisladas. Me pregunto si somos capaces de reconocer que esas realidades destructoras responden a un sistema que se ha hecho global. ¿Reconocemos que ese sistema ha impuesto la lógica de las ganancias a cualquier costo sin pensar en la exclusión social o la destrucción de la naturaleza? Si esto es así, insisto, digámoslo sin miedo: queremos un cambio, un cambio real, un cambio de estructuras. Este sistema ya no se aguanta, no lo aguantan los campesinos, no lo aguantan los trabajadores, no lo aguantan las comunidades, no lo aguantan los pueblos» (Discurso en el II Encuentro Mundial de los movimientos popul a re s . 9 de julio de 2015). Cuántos beneficios se cosecharían hoy si tomáramos en consideración esas reflexiones del Papa Francisco, si se recuperara la memoria y no hubiera naciones postergadas ni lágrimas sin enjugar; si la solidaridad internacional, en vez de decrecer, se incrementara y el capítulo de la industria bélica, en lugar de aumentar, mermara. Que en ese camino de conversión el hombre halle su fuerza en Dios, porque cuando se le otorga a Él el primer puesto de la vida, es más fácil que los pobres no ocupen el último ni vengan dejados atrás. En cambio, cuando se pospone a Dios no es difícil ni extraño descuidarlos a ellos. Emprendamos la marcha. Hoy, ahora, ya. Empecemos con un gesto, sencillo y significativo, que lleve amor y deje amor. Defendamos la causa de los indigentes. Ante esta tarea que cumplir no hay excusa que valga. Bien se ha dicho que la verdadera lucha en la historia es lograr que la memoria venza los nocivos intereses del olvido. Pensar en los necesitados, tenderles la mano y poner voz a sus cuitas es lograr el primer triunfo que conduce a la equidad.

*Publicado originalmente en L'Osservatore Romano

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